Imaginemos un río. En nuestra visualización, podemos contemplar distintas partes: nacimiento, desembocadura, meandros… También es posible que el río que imaginemos esté bordeado de chopos, o montañas. Poseerá mayor o menor caudal, e incluso algunas representaciones mentales serán propiamente arroyos. Esto es lo que se conoce como vaguedad: la multitud de posibilidades en las cuales puede aplicarse una palabra.
Es decir, la palabra es algo, si no confuso, al menos amplio y de límites no definidos en muchas ocasiones. Una misma palabra, como árbol, puede significar tanto un roble como un delgado álamo. Un adjetivo como inteligente puede referirse tanto al que mejores notas saca en una clase de primaria como al mayor genio de toda la historia. Es más, palabras abstractas como amistad o tristeza tienen un número de expresiones igual a las personas que han existido y existirán.
Pero las palabras “árbol” o “río” que empleamos están sustituyendo o señalando a algo muy concreto en la realidad que percibimos; aún sabiendo que la palabra no sólo hace referencia a ese algo. Por ello, tesis como las naturalistas, que defienden que entre palabras y objetos percibidos y designados existe una relación material, carecen de fundamento. Las palabras, debido a la vaguedad, significan un número muy amplio de cosas y no sólo lo que está al alcance de nuestra vista. La prueba es que una misma persona puede utilizar una misma palabra haciendo referencia a objetos distintos en un determinado contexto.
El hablante vincula en la actividad del habla ese amplio número de significados al mundo que percibe. El proceso de significación es actividad del hablante y no condición previa de las palabras. Es por esto por lo que el conocimiento del hombre no se encuentra determinado por su situación concreta, ya que sus palabras no reducen su significado a la realidad que percibe. Y el propio hablante se da cuenta de esto.
Si es capaz de abstraer la palabra en sí de su aplicación, cortar su relación directa con el mundo material, también puede hacerlo con su entendimiento o pensamiento. Puede entender que, al igual que él usa una misma palabra con significados distintos o matizados y sin embargo se comprende dicha palabra sin necesidad de explicación, también un hablante con una situación distinta puede usar ese término y que sea entendido por otro que no haya compartido sus experiencias. La vaguedad permite la flexibilidad o amplitud de significados, lo que desliga la palabra de la situación concreta. La frontera de las palabras son más extensas que los límites de la realidad.
A pesar de las numerosas imágenes citadas en el primer párrafo que el hablante relacione, a partir de sus propias experiencias con “río”, el oyente entiende a qué elemento se hace referencia. Porque, gracias a la vaguedad, la palabra no solo se reduce a una manifestación puntual de su significado, y , a pesar de ella, hay un mínimo común, una especie de esencia, que se da en todas sus posibilidades.
Gracias a una vaguedad que no es absoluta, que solo existe en los límites de distinción entre palabras, es posible la comunicación entre culturas, entre personas cuya tradición, historia, experiencias y contextos son distintos. La vaguedad es una prueba, si bien indirecta, en contra del relativismo cultural, cuya tesis es que es imposible la comunicación entre personas, alegando que sus mundos son totalmente distintos e incompresibles.
Es cierto que existen visiones distintas entre personas. Negar eso es negar la diversidad humana, objetivo que no comparte este ensayo. Pero, a pesar de las diferencias, contamos con la mejor herramienta para poder entendernos, para trazar puentes entre mundos tan distintos: el lenguaje, que sobrepasa la determinación de la experiencia personal en fenómenos como la traducción y la vaguedad.
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