Un punto del Tractatus logico-philosophicus recoge la idea que podría considerarse principal de la filosofía del lenguaje que Wittgenstein desarrolla. Es el 6.54. En él, se afirma que “ (…)De lo que no se puede hablar hay que callar”, proposición que se encuentra en conflicto con la propiedad de efabilidad del lenguaje. Lo que este ensayo pretende es poner en duda los límites que impone Wittgenstein al discurso sobre lo que se puede hablar y, en cierto sentido, demostrar que toda realidad y ficción es lícitamente aprehendida por éste.
Según el filósofo austríaco, solo podemos hablar de aquello que podemos demostrar empíricamente, de aquello a lo que podemos acceder de una forma directa e inmediata. Decir algo acerca de todo lo demás es un acto absurdo. De hecho, él mismo llega a reconocer en el punto antes citado que sus proposiciones son absurdas, que son un instrumento para llegar al conocimiento y del que después hay que deshacerse. En palabras de Wittgenstein :“ (…)Tiene, por así decirlo, que arrojar la escalera después de haber subido por ella(…)”.
Esto parece surgir de una concepción del lenguaje en la cual su única función es la de dar información, datos cuya fiabilidad se garantizaría si se pudiesen demostrar. Pero esta visón del lenguaje es tan solo una reducción, una caricatura en la que un rasgo agrandado oculta a la vista todos los demás. Y eso no quiere decir que no existan.
La manifestación del lenguaje que más conciencia posee de ser verbal, de estar realizada por palabras, es la literatura. Es el grado de expresión máxima del lenguaje y muestra una especial preocupación por éste. Y, sin embargo, muy pocas obras de este arte hacen referencia a una realidad empírica a la que, además, no podemos acceder, pues dicha realidad pertenece a otro tiempo. La mayoría de las obras de la literatura -y podemos decir todas si consideramos la ficción como rasgo indispensable en este arte- superan lo que el filósofo del lenguaje consideraba límite.
¿Qué opinión merecerían, entonces, todas las obras de arte realizadas por medio del lenguaje? ¿Serían absurdos los poemas por hablar del amor inaprensible en fórmulas matemáticas, de la tristeza independiente de cantidades químicas, de Dios sin cuerpo físico? Y si lo fueran, ¿cómo ha podido algo inútil como lo absurdo sobrevivir al paso de los siglos?
Retomemos la imagen de la escalera, ampliándola como símbolo de un lenguaje que no hace referencia a lo demostrable. Los límites que Wittgenstein señalaba en el lenguaje se expanden hasta desaparecer cuando la escalera deja de ser de madera para ser de oro, cuando el hablante desea que nos fijemos en sus escalones donde ha podido expresarse como éste ha deseado. Es decir, cuando lo que importa es la escalera, las palabras del discurso.
Es innegable que en la naturaleza del lenguaje está el comunicar y el expresar. Esto lo alcanza en grado sumo y en cierto sentido de una forma innata, en la literatura, que no es empíricamente demostrable. Algo, en su esencia, no puede sobrepasar sus propias limitaciones, cosa que pretende las tesis de este filósofo.
Por otra parte, Wittgenstein se olvida de quién utiliza esa escalera para decir algo. Se ha afirmado a lo largo de este ensayo que el lenguaje es, aunque no solo, instrumento de comunicación. Pero desde la perspectiva que se defiende en el Tractatus ni siquiera podría considerarse como tal. El hombre estaría condenado a encerrarse en sí mismo, a no compartir sus experiencias emocionales y espirituales ni decir todo aquello que trascienda el plano de lo físicamente inmediato, que es precisamente lo fundamental. No podrían existir las formas pasadas ni futuras, las condicionales o las subjuntivas. No podríamos decir frases exhortativas, ni decir expresiones como “¡Basta de estudiar el lenguaje como se estudia a una rata de laboratorio arrancada de su lugar natural!”. Tampoco la narrativa ni la poesía podrían existir.
El discurso quedaría reducido a un presentismo y debería olvidar todas las formas y manifestaciones que diariamente adquiere, si la tesis de Wittgenstein es cierta. Pero no es razonable pensar que estructuras que no podemos decir o que son absurdas (como los futuros o los condicionales), se hayan conservado a través de tanto tiempo de uso. Mas bien cabe creer que un estudio científico del lenguaje realizado solo desde la lógica no es capaz de captar toda la realidad de nuestra capacidad de hablar.
En definitiva, tesis como la Wittgenstein, que sostienen que solo se puede hablar de lo que se puede demostrar, niegan la faceta fundamental del lenguaje: la comunicación. Comunicación de sentimientos y pensamientos, de deseos e intenciones futuras, bien en el discurso cotidiano o a través de la belleza de la escalera.
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