"Aquellos que creen todavía en la verdad a veces son llamados ilusos, pero son más bien ilusionistas que muestran ante nuestros ojos posibles imágenes del mundo dignas de creer y realizar"

viernes, 8 de abril de 2011

¿ Es verdadera la realidad?

A menudo, no somos conscientes de que verdad y realidad no son iguales, y que en muchas ocasiones usamos indistintamente estas dos palabras, como si fueran sinónimos. Pero si bien estos dos conceptos no se identifican, al menos sí están estrechamente relacionados y a veces fusionados de tal forma que se incurre en el error de  no separarlos. Ya en el evangelio se recogen expresiones que aparentemente confunden estos dos elementos, como: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. La verdad se define convencionalmente como un adecuación entre el pensamiento y la realidad, pero…¿es Cristo una adecuación de nuestra mente a la realidad? Sin duda alguna no es éste el mensaje de las palabras citadas, sino que en ese contexto verdad significa algo similar a “realidad única”.
Así pues, la palabra verdad puede significar cosas distintas, ya que adopta usos diferentes según el contexto y el cotexto. Dos significados que pueden llegar a ser incluso opuestos, como se explicará más adelante. El problema sobre la verdad que pretende solucionar Austin parte de la definición como adecuación, acepción que quizás no sea la más adecuada para afrontar dicho problema. Y es que concebir una verdad dependiente de nuestros enunciados y pensamientos entraña una serie de cuestiones o problemas que quisiera exponer.
El concepto de verdad que utiliza Austin implica la existencia de dos elementos entre los que se establece una relación: enunciado y realidad. La desaparición de uno de estos conceptos implicaría la desaparición de la verdad. Así, por ejemplo, cuando un enunciado no es constatativo (no describe la realidad), sino que es performativo, no es correcto decir de él si es verdadero o falso. Cuando no hay realidad, no puede existir verdad. ¿Ocurre lo mismo cuando lo que no se da es el enunciado?
La realidad no varía según lo que nosotros digamos de ella: existe más allá de nuestro lenguaje y sigue presente cuando callamos. Por tanto, aceptando que la verdad es una adecuación entre enunciado y realidad y no habiendo enunciado, no podríamos afirmar que la realidad sea verdadera. ¿Es posible imaginar una realidad que no sea verdadera, es decir, que no se adecúe a sí misma? ¿Es falsa la realidad puesto que puede no adecuarse a sí misma? La noción de verdad de Austin no solo entraña esta especie de contradicción o imposible, sino que entra en conflicto con el otro uso que le damos a la palabra. Una realidad única se contrapone a una realidad que puede ser falsa, si es que ésta puede existir.
Ante este dilema, a mi juicio, existen tres posibles soluciones: negar la existencia de la verdad, que solucionaría ciertamente el problema de la verdad de una forma drástica; aceptar que la verdad es más bien la realidad única y “seleccionada” de entre un elenco de posibles y totales realidades; y por último, afrontar una búsqueda y aclaración de la verdad en general, a pesar de la convicción de Austin de que esto significaría caer en la “la falacia de la generalización”.
Quizás sea cierto y puede que sea una empresa gigantesca que el hombre todavía no ha culminado. Es más, a pesar de todos los siglos de reflexión filosófica, nos encontramos aún buscando posibles medios para acometer esta empresa. Austin encontró una forma de analizar la verdad expresada en nuestros enunciados, pero su tesis no puede aplicarse a toda la realidad. El concepto de verdad en el que se basa no abarca una existencia exterior al lenguaje, es una acepción limitada del significado real de verdad. Él mismo renuncia a intentar descubrir este verdadero, amplio y universal significado, aludiendo a la “ falacia de la generalización”. Sin embargo, filósofos, científicos, humanistas, religiosos…no deben abandonar la búsqueda de la verdad. Sólo a través de ella podremos conocer la realidad.   

Cuando la escalera importa

Un punto del Tractatus logico-philosophicus recoge la idea que podría considerarse principal de la filosofía del lenguaje que Wittgenstein desarrolla. Es el 6.54. En él, se afirma que “ (…)De lo que no se puede hablar hay que callar”, proposición que se encuentra en conflicto con la propiedad de efabilidad del lenguaje. Lo que este ensayo pretende es poner en duda los límites que impone Wittgenstein al discurso sobre lo que se puede hablar y, en cierto sentido, demostrar que toda realidad y ficción es lícitamente aprehendida por éste.
Según el filósofo austríaco, solo podemos hablar de aquello que podemos demostrar empíricamente, de aquello a lo que podemos acceder de una forma directa e inmediata. Decir algo acerca de todo lo demás es un acto absurdo. De hecho, él mismo llega a reconocer en el punto antes citado que sus proposiciones son absurdas, que son un instrumento para llegar al conocimiento y del que después hay que deshacerse. En palabras de Wittgenstein :“ (…)Tiene, por así decirlo, que arrojar la escalera después de haber subido por ella(…)”.
Esto parece surgir de una concepción del lenguaje en la cual su única función es la de dar información, datos cuya fiabilidad se garantizaría si se pudiesen demostrar. Pero esta visón del lenguaje es tan solo una reducción, una caricatura en la que un rasgo agrandado oculta a la vista todos los demás. Y eso no quiere decir que no existan.
La manifestación del lenguaje que más conciencia posee de ser verbal, de estar realizada por palabras, es la literatura. Es el grado de expresión máxima del lenguaje y muestra una especial preocupación por éste. Y, sin embargo, muy pocas obras de este arte hacen referencia a una realidad empírica a la que, además, no podemos acceder, pues dicha realidad pertenece a otro tiempo. La mayoría de las obras de la literatura -y podemos decir todas si consideramos la ficción como rasgo indispensable en este arte- superan lo que el filósofo del lenguaje consideraba límite.
¿Qué opinión merecerían, entonces, todas las obras de arte realizadas por medio del lenguaje? ¿Serían absurdos los poemas por hablar del amor inaprensible en fórmulas matemáticas, de la tristeza independiente de cantidades químicas, de Dios sin cuerpo físico? Y si lo fueran, ¿cómo ha podido algo inútil como lo absurdo sobrevivir al paso de los siglos?
Retomemos la imagen de la escalera, ampliándola como símbolo de un lenguaje que no hace referencia a lo demostrable. Los límites que Wittgenstein señalaba en el lenguaje se expanden hasta desaparecer cuando la escalera deja de ser de madera para ser de oro, cuando el hablante desea que nos fijemos en sus escalones donde ha podido expresarse como éste ha deseado. Es decir, cuando lo que importa es la escalera, las palabras del discurso.
Es innegable que en la naturaleza del lenguaje está el comunicar y el expresar. Esto lo alcanza en grado sumo y en cierto sentido de una forma innata, en la literatura, que no es empíricamente demostrable. Algo, en su esencia, no puede sobrepasar sus propias limitaciones, cosa que pretende las tesis de este filósofo.
Por otra parte, Wittgenstein se olvida de quién utiliza esa escalera para decir algo.  Se ha afirmado a lo largo de este ensayo que el lenguaje es, aunque no solo, instrumento de comunicación. Pero desde la perspectiva que se defiende en el Tractatus ni siquiera podría considerarse como tal. El hombre estaría condenado a encerrarse en sí mismo, a no compartir sus experiencias emocionales y espirituales ni decir todo aquello que trascienda el plano de lo físicamente inmediato, que es precisamente lo fundamental. No podrían existir las formas pasadas ni futuras, las condicionales o las subjuntivas.  No podríamos decir frases exhortativas, ni decir expresiones como “¡Basta de estudiar el lenguaje como se estudia a una rata de laboratorio arrancada de su lugar natural!”.  Tampoco la narrativa ni la poesía podrían existir.
El discurso quedaría reducido a un presentismo y debería olvidar todas las formas y manifestaciones que diariamente adquiere, si la tesis de Wittgenstein es cierta. Pero no es razonable pensar que estructuras que no podemos decir o que son absurdas (como los futuros o los condicionales), se hayan conservado a través de tanto tiempo de uso. Mas bien cabe creer que un estudio científico del lenguaje realizado solo desde la lógica no es capaz de captar toda la realidad de nuestra capacidad de hablar. 
En definitiva, tesis como la Wittgenstein, que sostienen que solo se puede hablar de lo que se puede demostrar, niegan la faceta fundamental del lenguaje: la comunicación. Comunicación de sentimientos y pensamientos, de deseos e intenciones futuras, bien en el discurso cotidiano o a través de la belleza de la escalera.

Vaguedad y relativismo cultural

Imaginemos un río. En nuestra visualización, podemos contemplar distintas partes: nacimiento, desembocadura, meandros… También es posible que el río que imaginemos esté bordeado de chopos, o montañas. Poseerá mayor o menor caudal, e incluso algunas representaciones mentales serán propiamente arroyos. Esto es lo que se conoce como vaguedad: la multitud de posibilidades en las cuales puede aplicarse una palabra.
Es decir, la palabra es algo, si no confuso, al menos amplio y de límites no definidos en muchas ocasiones. Una misma palabra, como árbol, puede significar tanto un roble como un delgado álamo. Un adjetivo como inteligente puede referirse tanto al que mejores notas saca en una clase de primaria como al mayor genio de toda la historia. Es más, palabras abstractas como amistad o tristeza tienen un número de expresiones igual a las personas que han existido y existirán.
Pero las palabras “árbol” o “río” que empleamos están sustituyendo o señalando a algo muy concreto en la realidad que percibimos; aún sabiendo que la palabra no sólo hace referencia a ese algo. Por ello, tesis como las naturalistas, que defienden que entre palabras y objetos percibidos y designados existe una relación material, carecen de fundamento. Las palabras, debido a la vaguedad, significan un número muy amplio de cosas y no sólo lo que está al alcance de nuestra vista. La prueba es que una misma persona puede utilizar una misma palabra haciendo referencia a objetos distintos en un determinado contexto.
El hablante vincula en la actividad del habla ese amplio número de significados al mundo que percibe. El proceso de significación es actividad del hablante y no condición previa de las palabras. Es por esto por lo que el conocimiento del hombre no se encuentra determinado por su situación concreta, ya que sus palabras no reducen su significado a la realidad que percibe. Y el propio hablante se da cuenta de esto.
Si es capaz de abstraer la palabra en sí de su aplicación, cortar su relación directa con el mundo material, también puede hacerlo con su entendimiento o pensamiento. Puede entender que, al igual que él usa una misma palabra con significados distintos o matizados y sin embargo se comprende dicha palabra sin necesidad de explicación, también un hablante con una situación distinta puede usar ese término y que sea entendido por otro que no haya compartido sus experiencias. La vaguedad permite la flexibilidad o amplitud de significados, lo que desliga la palabra de la situación concreta. La frontera de las palabras son más extensas que los límites de la realidad.
A pesar de las numerosas imágenes citadas en el primer párrafo que el hablante relacione, a partir de sus propias experiencias con “río”, el oyente entiende a qué elemento se hace referencia. Porque, gracias a la vaguedad, la palabra no solo se reduce a una manifestación puntual de su significado, y , a pesar de ella, hay un mínimo común, una especie de esencia, que se da en todas sus posibilidades.
Gracias a una vaguedad que no es absoluta, que solo existe en los límites de distinción entre palabras, es posible la comunicación entre culturas, entre personas cuya tradición, historia, experiencias y contextos son  distintos. La vaguedad es una prueba, si bien indirecta, en contra del relativismo cultural, cuya tesis es que es imposible la comunicación entre personas, alegando que sus mundos son totalmente distintos e incompresibles.
Es cierto que existen visiones distintas entre personas. Negar eso es negar la diversidad humana, objetivo que no comparte este ensayo. Pero, a pesar de las diferencias, contamos con la mejor herramienta para poder entendernos, para trazar puentes entre mundos tan distintos: el lenguaje, que sobrepasa la  determinación de la experiencia personal en fenómenos como la traducción y la vaguedad.

domingo, 3 de abril de 2011


Laberinto de columnas
La verdad es multilateral. Es la idea que defiende el pluralismo, uno de los presupuestos básicos del pragmatismo. Una realidad es multilateral cuando presenta un amplio número de dimensiones, partes, aspectos…que configuran su esencia. El conocimiento de un único aspecto no llega a formar un conocimiento pleno de la realidad, no es capaz de explicarla. Esto no quiere decir, como se señala en el artículo “Pragmatismos y relativismo”, que la concepción que se posee de esa parte de la realidad sea falsa; sino que ,simplemente, no es total.
El pluralismo propone un estudio integral y unitario de la realidad a partir de los distintos conocimientos que proporcionan las ciencias que la estudian. El mejor ejemplo que puede utilizarse para reconocer la validez de esta propuesta es el ser humano. Es imposible entender sus acciones y reacciones si tan solo lo observamos desde una única perspectiva, que puede ser ofrecida por la química, la filosofía, la economía, la sociología…  Si solo consideramos estas ciencias, arrojamos luz sobre una pequeña parte de lo que es la realidad humana y, por lo tanto, solo tendremos una reducida visión de la verdad.
Podemos decir, por tanto, que la verdad es un edificio que se sustenta por numerosas columnas, todas ellas conocimientos necesarios para soportarla. Sin embargo, la analogía no es del todo correcta, y de esto surge una crítica al pluralismo. Las columnas del edificio, consideradas cada una individualmente, no son edificios; sin embargo, las columnas de la verdad sí deber ser, a su vez, verdades. Los conocimientos a partir de los cuales construimos la verdad han de ser ciertos, puesto que de la falsedad no puede derivar la verdad. Y al ser verdades, se han de estudiar desde un punto de vista multilateral, ya que toda realidad posee muchas dimensiones. El problema es patente.
Para poder construir todo el edificio de la verdad, retomando la imagen para intentar exponer la magnitud del problema, no bastaría con cimentarlo sobre unas columnas, sino que éstas a su vez deben estar  cimentadas sobre otras, y éstas otras sobre otras columnas, pues también han de ser verdad. Esto se prolongaría indefinidamente: columnas de columnas de columnas… una titánica tarea, casi utópica, que el ser humano debe realizar para hallar la verdad. Al menos, ya no hay motivos para ser soberbios y creernos sabelotodos.
Pero éste no es el único problema que plantea el pluralismo. Al igual que sucede remontándose a los conocimientos previos cuya integración nos permite llegar a la verdad, la dificultad también aparece cuando llegamos a la verdad que era nuestro objetivo. Y es que, ¿cómo sabemos que el edificio que contemplamos no es, en realidad, sustento de uno mayor?¿Cómo sabemos que la verdad a la que hemos llegado no es una simple dimensión de una realidad mayor y ésta ,a su vez, aspecto de otra verdad inmensa? Columnas de columnas de columnas…que ascienden hasta límites probablemente indefinidos e insospechados.
Para conocer la verdad, necesitaríamos un microscopio a través del cual comprendamos las bases y un telescopio para poder analizar las metas. Ante el infinitamente enorme edificio de la verdad, el hombre en busca del conocimiento encontraría un panorama desolador. No es de extrañar que se renuncia a hallar la verdad, síntoma que padecen la sociedad actual y los sabios. Un panorama así supondría la “muerte” de los sabios, la imposibilidad de que exista una persona capaz de conocer la verdad; aparte de que es imposible entender de las múltiples disciplinas necesarias para analizar la realidad.
Ante esto, cabe plantearse si es legítimo un pluralismo absoluto, que se aplique a todo estudio, y si es toda realidad multilateral. Si afirmamos un pluralismo absoluto, es decir, la multilateralidad de toda realidad, reconocemos como tarea imposible el conocimiento. Si lo negamos, ¿qué criterios utilizamos para saber qué realidades son multilaterales y cuáles no lo son? Esta línea debe ser, en mi opinión, uno de los caminos de reflexión de los defensores del pluralismo, entre los que me incluyo.